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Regulación nerviosa y endocrina de la función sexual
 

Sexología/Regulación nerviosa y endocrina de la función sexual


Regulación nerviosa y endocrina
de la función sexual

Los sistemas nervioso y endocrino participan juntos en la regulación de la función sexual. Las hormonas sexuales, producidas por las respectivas glándulas y la corteza suprarrenal, se distribuyen por el organismo entero a través del torrente sanguíneo y crean un fondo informativo global para la regulación de los numerosos componentes del aparato reproductor e incluso de varias estructuras del sistema nervioso. Los llamados «órganos blancos» para cada tipo de hormona poseen células especiales o «receptores hormonales» en las cuales las moléculas de las hormonas se unen con las estructuras moleculares de estas células. Mediante este mecanismo las hormonas inician simultáneamente múltiples procesos en los tejidos nerviosos, glandulares y otros.

La producción de hormonas sexuales, a su vez, está regulada por las correspondientes estructuras del sistema nervioso central, a saber, por el sistema portal hipotalámico-hipofisiario. En este sistema las estructuras hipotalámicas regulan la actividad de la hipófisis, la glándula endocrina «más importante» del organismo, que a su vez regula, entre otros procesos, la actividad de las glándulas sexuales y de la corteza suprarrenal por medio de sus propias hormonas hipofisiarias.

Hay tres grupos principales de hormonas sexuales producidas por las glándulas respectivas y por la corteza suprarrenal: los andrógenos (hormonas masculinas), los estrógenos (hormonas femeninas) y la progesterona (hormona femenina). La síntesis de las hormonas sexuales comienza con la transformación del colesterol en progesterona, del cual luego se forman los andrógenos y de éstos últimos, los estrógenos. Esta sucesión de transformaciones de hormonas tiene lugar en los organismos de ambos sexos, con la particularidad de que los tres grupos de hormonas están presentes en sus tejidos corporales. No obstante, dependiendo del sexo, es decir, como consecuencia de las diferencias bioquímicas e histológicas sexuales de la estructura glandular, las hormonas propias del sexo del organismo son las que principalmente se acumulan y secretan al torrente sanguíneo.

Numerosos experimentos electrofisiológicos sobre animales han demostrado que prácticamente todas las grandes estructuras cerebrales participan en la formación de las reacciones del comportamiento sexual. Esto puede entenderse fácilmente si nos imaginamos la gran cantidad de información que entra al sistema nervioso central tanto del interior como del exterior y que es procesada para luego dar órdenes a las numerosas estructuras del cuerpo.

La comunicación entre el sistema nervioso central y los genitales se lleva a cabo a través de las vías nerviosas y por medio del sistema endocrino.

Las llamadas glándulas sexuales auxiliares, entre las cuales están las vesículas seminales, también desempeñan cierto papel en la regulación del nivel de sexualidad en los machos. Debemos examinar este tema con más detalle.

Las vesículas seminales son un par de glándulas del aparato reproductor masculino que se encuentran detrás de la vejiga urinaria y que se conectan con el conducto deferente. La secreción de estas glándulas participa en la producción del esperma, cuyo componente más importante es, por lo visto, la fructosa utilizada para nutrir a los espermatozoides. Las paredes de las vesículas seminales tienen una capa de fibra muscular, lo que indica su capacidad de contraerse.

Experimentos en ranas, realizados en el siglo XIX [68], demostraron que llenar artificialmente las vesículas seminales con un líquido produce un brusco incremento del impulso sexual. Existen evidencias indirectas de que estas glándulas participan en la regulación de la sexualidad humana de una manera similar [45]. Sin embargo, esto no ha sido confirmado ni en experimentos sobre humanos ni en experimentos sobre los animales de clase mamíferos.

En 1978 intentamos aclarar este asunto mediante algunos experimentos sobre conejos machos de raza chinchilla implantando objetos rígidos en sus vesículas seminales. De acuerdo con la hipótesis de trabajo, estos objetos deberían presionar sobre unos hipotéticos barorreceptores. Estos barorreceptores enviarían información a los centros cerebrales que regulan la intensidad del impulso sexual de los conejos, lo que, a su vez, causaría un incremento de este impulso.

Nuestros experimentos incluían la medición del impulso sexual de 8 conejos machos durante varios días. El índice de este impulso era el número de intentos de la cópula (expresados en las montas de los machos sobre las hembras) en períodos de 30 minutos (usamos hembras que no estaban en celo para evitar la cópula y para excluir tanto la influencia estimulante de las feromonas sexuales de la hembra como el factor de su actividad sexual).

Bajo anestesia con tiopentato (5 machos) o con éter (3 machos), implantamos piezas cilíndricas de PVC, con un diámetro de 2 milímetros y un largo de 10 milímetros, en ambas vesículas seminales de los conejos.

Las pruebas fueron reiniciadas dentro de los 2 días posteriores a las cirugías. Evaluamos los resultados comparando el número promedio de montas sexuales durante las últimas 3 sesiones de prueba anteriores a las cirugías con el número promedio de las mismas durante los primeros 3 días posteriores a la cirugía.

Para determinar la posible influencia sobre los resultados de las pruebas a) del intervalo de 2 días entre los experimentos y b) de la anestesia de los conejos, realizamos las siguientes pruebas de chequeo: a los 5 conejos sobre los cuales no se efectuó la cirugía se les dio un intervalo de 2 días entre las pruebas y a otros 3 conejos no operados inyectamos dosis, similares a las dosis de los conejos operados, de tiopentato de sodio (40 mg por cada kilogramo de peso) y también se les dio 2 días entre las pruebas. Aparte de eso, extirpamos las vesículas seminales de otros 5 conejos machos.

Como resultado de la implantación de cuerpos extraños en las vesículas seminales, todos los conejos machos que pasaron por la cirugía (salvo un caso en el que el implante perforó la pared de la vesícula seminal, por lo cual el número medio de montas sexuales permaneció sin cambios) demostraron un incremento del número medio de montas en 10.6, 10.3, 5.1, 1.8, 1.6 y 1.1 veces respectivamente (4.7 veces en promedio). A pesar de las suturas frescas en el abdomen, 6 de 8 conejos demostraron, ya en la primera prueba postoperatoria, el incremento del número medio de montas superior al número medio total de las 3 pruebas preoperatorias. Cuatro de conejos demostraron un incremento mayor al doble. Todos los 8 machos hicieron el número máximo de montas durante uno de los días postoperatorios.

Los resultados de las pruebas de chequeo fueron los siguientes:

Luego del intervalo de 2 días entre las pruebas, el nivel de impulso sexual en los cinco machos decreció levemente.

La anestesia de los animales de prueba tampoco incrementó el número de montas.

Por lo tanto, los resultados descritos anteriormente no pueden ser explicados por la influencia de estos factores colaterales.

La ablación de las vesículas seminales de 5 conejos resultó en una disminución insignificante del impulso sexual en el caso de dos de ellos (1.9 y 1.2 veces), mientras que los otros tres demostraron un leve incremento (2.4, 1.5 y 1.2 veces).

Así las investigaciones realizadas probaron que la irritación de los barorreceptores localizados en las vesículas seminales causa un incremento del impulso sexual en los conejos machos, lo cual se expresa en el incremento del número de intentos de cópula. Normalmente, tal impacto en los barorreceptores se produce por la secreción que se genera y se acumula en las vesículas seminales y que luego es excretada durante la eyaculación.

A primera vista, esta conclusión contradice los resultados de las pruebas en las cuales se extirparon las vesículas seminales, dado que tal extirpación, por lógica, debería haber disminuido significativamente el impulso sexual de los conejos machos. Y, de hecho, tales resultados habían sido obtenidos antes en experimentos con ratas [75,93], lo que hizo a sus autores concluir que la regularidad observada en ranas no se da en mamíferos. Sin embargo, esa supuesta contradicción desaparece si recordamos que las vesículas seminales son solamente uno de los numerosos mecanismos que regulan la sexualidad. Estos mecanismos pueden ser divididos en a) aquellos que establecen el nivel general de sexualidad y b) aquellos que realizan su regulación inmediata.

Entre los primeros se encuentran la influencia de las hormonas sexuales discutida anteriormente, la influencia activadora de las vesículas seminales al llenarse con su propia secreción, la posible acción inhibitoria de la secreción prostática absorbida por la sangre cuando no ha habido eyaculaciones por un largo tiempo [35] y también la influencia estimulante o inhibitoria por parte de los sistemas simpático y parasimpático del sistema nervioso autónomo.

Entre los mecanismos de regulación inmediata se encuentran los reflejos congénitos y adquiridos.

Por supuesto, ésta no es una lista completa de los factores que determinan el comportamiento sexual de un ser humano adulto. Los factores éticos, morales y muchos otros también desempeñan un papel importante.

El carácter multifactorial de la regulación del comportamiento sexual asegura una alta flexibilidad en el manejo de todo el aparato reproductor, lo que implica, entre otras cosas, su habilidad de seguir funcionando aún cuando algunas partes de este mecanismo fallan. El mejor ejemplo que lo confirma es la continuación, en algunos casos, de la actividad sexual por un tiempo prolongado después de la castración.

Tal carácter multifactorial también permite usar varios métodos y enfoques al tratar desórdenes sexuales. Las perspectivas más grandes en este caso tienen el conocimiento y los métodos prácticos que serán examinados en el capítulo Aspectos Bioenergéticos del Sexo.

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